la voz humana

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrado o perdonado.

Eduardo Galeano

– Amares –

un sueño de Juana

Ella deambula por el mercado de sueños. Las vendedoras han desplegado sueños sobre grandes paños en el suelo.

Llega al mercado el abuelo de Juana, muy triste porque hace mucho tiempo que no sueña. Juana lo lleva de la mano y lo ayuda a elegir sueños, sueños de mazapán o de algodón, alas para volar durmiendo, y se marchan los dos tan cargados de sueños que no habrá noche que alcance.

Eduardo Galeano

– Amares –

introducción a la historia del arte

El escultor trabaja en un taller inmenso, rodeado de niños. Todos los niños del barrio son sus amigos.

Un buen día la alcaldía le encargó un gran caballo para una plaza de la ciudad. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subido a una escalera, a golpes de martillo y cincel. Lo niños lo miraban hacer.

Entonces los niños partieron, de vacaciones, rumbo a las montañas o el mar.

Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado.

Y uno de los niños, con los ojos muy abiertos, le preguntó:

– Pero, ¿Cómo sabías que dentro de aquella piedra había un caballo?

Eduardo Galeano

– Días y noches de amor y de guerra –

el universo visto por el ojo de la cerradura

Valeria pide a su padre que dé vueltas al disco. Le explica que Arroz con leche vive al otro lado.

Diego conversa con su compañero de adentro, que se llama Andrés y viene a ser el esqueleto.

Fanny cuenta que hoy se ahogó con su amiga en el río de la escuela, que es muy hondo, y que desde allá abajo era todo transparente y veían los pies de la gente grande, las suelas de los zapatos.

Claudio atrapa un dedo de Alejandra, le dice: “Préstame el dedo” y lo hunde en el tarro de leche sobre la hornalla, porque quiere saber si no está demasiado caliente.

Desde el cuarto, Florencia me llama y me pregunta si soy capaz de tocarme la nariz con el labio de abajo.

Sebastián propone que nos escapemos en un avión, pero me advierte que hay que tener cuidado con los semáforos y la hélice.

Mariana, en la terraza, empuja la pared, que es su modo de ayudar a la tierra a que gire.

Patricio sostiene un fósforo encendido entre los dedos y su hija sopla y sopla la llamita que no se apagará jamás.

Eduardo Galeano

– Días y noches de amor y de guerra –