yo sé

[…] Yo sé que alcanza con saber que hay alguien que cree en vos para salvarte y que las cosas importantes se mueren cuando se las nombra y que hay que desconfiar de las palabras, emputecidas por el uso […]

Eduardo Galeano

– La canción de nosotros –

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no me dejes solo

Te lo decía siempre que te decía algo, siempre que te miraba, siempre que abría o cerraba los ojos, siempre que acercaba mis labios a los tuyos. Lo decía y así estaba escrito: No me dejes solo. Y tú parecías entender canciones en todos los bordes de la historia, en todos y cada uno de los ruidos que hace el mundo cuando gira. No me dejes solo. Y tú cantabas. No me dejes solo. Y tú reías. No me dejes solo. Y tú decías: <<nunca te voy a dejar solo>>.

Diego Álvarez Miguel

En tus manos ardió el bosque

por quién doblan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, al igual que si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

John Donne

(leído en Por quién doblan las campanas, E. Hemingway)

recuerdo

Yo recuerdo cuando los hombres no nos besábamos. Recuerdo cuando la televisión tenía cuatro canales en riguroso blanco y negro. Recuerdo cuando un porro era una novedad aterradora. Recuerdo cuando una computadora era un delirio de las películas de ciencia ficción. Recuerdo cuando el mundo iba a ser mucho mejor. Recuerdo cuando las villamiserias estaban llenas de trabajadores. Recuerdo cuando las mujeres no usaban pantalones. Recuerdo cuando un bluyín era una muestra de rebeldía casi intolerable. Recuerdo cuando nadie sabía qué coño era la soja. Recuerdo cuando los coches tenían la palanca en el volante. Recuerdo cuando la unión Soviética mandaba en medio mundo y mandaba perros al espacio. Recuerdo cuando te iban a despedir al aeropuerto. Recuerdo cuando los viejos usaban sombrero. Recuerdo cuando muchas etiquetas decían industria argentina. Recuerdo cuando los curas decían misa en latín. Recuerdo cuando había mujeres vírgenes. Recuerdo cuando los chicos debutaban con putas. Recuerdo cuando Perón era un general derrotado en Madrid y Guevara un guerrillero que iba a ganar una revolución en algún lado. Recuerdo cuando los diarios y las revistas estaban escritos en castellano. Recuerdo cuando el pelo largo – por encima del cuello de la camisa – era causa de suspensión en el colegio. Recuerdo cuando viajaba en tren a Mendoza, a Zapala, a Jujuy. Recuerdo cuando gay se decía maricón y se escondía. Recuerdo cuando los equipos de fútbol no podían hacer cambios. Recuerdo cuando era más fácil ver un caballo en la calle que una teta en el cine. Recuerdo cuando la palabra pedorro no existía, ni la palabra cedé, ni devedé ni digital, ni la palabra shopping ni la palabra sushi, ni maxikiosco ni tetra ni rockero, ni celu ni huskie ni bolú y mouse era el apellido de un tal Mickey. Recuerdo cuando las hamburguesas eran un exotismo cool y la palabra cool tampoco existía. Recuerdo cuando el pasado era un desastre.

Martín Caparrós

El Hambre