miedos

De noche los miedos crecen, con las sombras se agigantan, se estiran como bestias recién despertadas, arañando la pizarra de la consciencia con sus uñas llenas de culpa y de muerte.

Ismael Serrano, El viento me lleva

 

auroras boreales

“Doscientos pasos sobre el eterno sendero negruzco, y tres pasos más, para llegar al extremo en el que el cielo es todo lo que puedo ver, y mis pies descansan sobre viento enfurecido. Allí, el siempre perfecto contraste de estrellas sobre vacío, está aguardándome como cada noche, inundando los sentidos, abarcándolo todo, borrando, sereno, la realidad diaria de praderas de tierra inmaculadamente blanca, nieve sucia por pisadas rudas y traicionera agua helada.

Doscientos, y tres más, pasos tras de mí descansa el poblado, a esa hora en la que los niños lloramos en busca de los brazos de nuestros padres, para fundir frío en piel, y así, rescatar a nuestros sueños de ese lugar en el que has estado apresados, todo este interminable día oscuro. Y yo, sola, torturando unas horas más a mis fantasías nocturnas, alejada de los hogares lo suficiente para saberme dulcemente ajena a la rutina, pero todavía tan cerca, que puedo percibir los restos de un fuego agónico espesando el aire, con los torpes resuellos que huyen de las últimas llamas.

El día quiere morir por completo, discreto como siempre lo hace en esta parte del mundo, y mientras él se deshace en estrellas, las horas continúan impasibles su rumbo hacia el próximo amanecer.

Ante el frío paralizante y el aliento que huye a trompicones de mi garganta, permanezco sentada, esperando, con los ojos perdidos en el punto más infinitamente alejado del ocaso, intuyendo lejanos quejidos en el cielo, casi susurros que espero me anticipen tremendos estruendos de luz sacudiéndose sobre mi cabeza, azotando la tenue claridad que aún sobrevivirá cuando tú llegues. Y mientras tanto, cuento los escasos restos de calor que guardan mis huesos, reservas de vida que transformaré en sonrisa, párpados vencidos y lágrima huyendo piel abajo, cuando vengas a buscarme y rompas el silencio, el miedo, la soledad y la capa de paralizante hielo que cubre mis ropas, cuando, sentado a mi lado, vuelvas a sentir mi pelo de niña enredando tus dedos y la suavidad de mi mejilla quemando tu mano áspera.

No temo el paso de las horas. En ningún otro sitio me siento tan a salvo como aquí. A salvo de mí misma, de los demás, a salvo de tu ausencia. No quiero estar allí, en la nieve que derretíamos en nuestro camino de vuelta a casa, mientras mis hombros permanecían templados por la espesa piel del más anciano caribú que habías cazado días antes, y en tu espalda reposaban, inertes, los peces que nos alimentarían esa noche. Prefiero rodearme de intenso frío, antes que volver a escuchar las historias que surgen de un rostro enrojecido sentado alrededor de un fuego. Antes de escuchar, nuevamente, los nombres de los héroes y los mártires que los sabios dibujaban en el aire usando sus, recién resucitados, dedos.

Hoy estoy aquí, porque ellos susurraban a la noche que cuando el firmamento arde en vivos colores, son los seres que pueblan las bóvedas celestes los que encienden las luces, para guiar a los hombre hacia el verdadero cielo, para que no se desvíen del angosto sendero y vaguen sin rumbo por entre la muerte y la felicidad eterna. Porque cuando las llamaradas de luz lo inunden todo, señalándote el camino, yo permaneceré quieta, inmóvil, anclada en este helado suelo, con mis ojos abiertos por completo, mirando desafiantes al crepúsculo, tratando de reinar mis pupilas sobre la aurora, solo para confundirte, solo para que yerres y no halles el camino, para que mis ojos te guíen a mi lado. Porque, cuando el cielo ropa su luto esta noche, yo estaré alerta y te llamaré en silencio, con el mudo estruendo de los once años de recuerdos concentrados en mis pupilas, para que regreses, para que no te vayas, para que, al menos esta noche, vuelvas a ser mi padre, y mi frente reciba tu beso, mi cabeza repose en el ritmo de tu pecho y tu calor sea el mío, si son tus brazos mi cuna.

Y ya parece que llegas, ya el cielo es solo luz, ya los látigos de colores golpean la noche, ya debes caminar con los otros que han muerto junto a ti, ya te estoy mirando fijamente, donde quiera que estés, seas el color que seas, y no siento la nieve acumulándose sobre mi, ni el frío que no deja mover mi cuerpo, ni el veneno de locura que poco a poco se disuelve en mi cerebro. Ya no soy nada más que aquella que te busca, ya no soy otra cosa que una niña, si te giras y caminas hacia la tierra, o la eterna encargada de atusar los cabellos de Sedna, si prefieres el cielo a mis ojos. Ya no soy nada…

Y la noche terminó por vencer al día. Y las luces reinaron en el cielo como siempre lo han hecho, hasta que desaparecieron sigilosas al paso del último rezagado. Y el poblado, nunca más conoció mares agitados, ni caza escasa, porque Sedna siempre descansó feliz en su profundo y oscuro hogar, y ningún chamán volvió a sentir llanto enfurecido por no poder desenmarañar sus cabellos.”